La deliciosa alcachofa no es otra cosa que la flor comestible de
una de las muchas variedades de cardo, que con más o menos espinas
invaden nuestros campos. Su selección y desarrollo como cultivo
hortícola, se atribuye a jardineros italianos, que empezaron a
experimentar con la planta a lo largo del siglo XV.
Como en otros muchos casos y probablemente con tan poco
fundamento, se atribuye el mérito de su descubrimiento para Europa, a
Catalina de Médicis, hija del duque de Urbino y biznieta del Papa León
X. Hacia 1533 fue desposada por el Duque de Orleans, que llegó a ser rey
de Francia en 1547. Parece ser que sí está documentado, que Catalina
tenía una gran afición a las alcachofas, de las que comía tales
cantidades, que como dice un cronista en francés antiguo cuyda crever es
decir, estaba a punto de reventar.
Sin embargo parece que la afición a esta hortaliza estaba ya
bastante extendida antes del nacimiento de la glotona italiana. En el
Arte cisoria de Enrique de Villena, que ofició de trinchador en las
cortes de Castilla y Aragón a comienzos del siglo XV, se describe con
minucia como había que pelar y partir las alcachofas en la mesa de los
reyes.
En el capítulo que dedica al tajo de «las cosas que nacen en la
tierra» se para a considerar el aparejo de las «carchofas», a las que
hay que quitar primero «las conchuelas que están d'enrededor de la
cabeza». Que no era un producto muy raro, ya en esta época, parece que
se demuestra por el hecho de que esta hortaliza era conocida por
diversos nombres: «a estas carchofas dicen en algunos lugares alcanas y
en otros canarias...».
Sea cual sea su origen, esta flor poco vistosa pero suculenta,
suele adelantarse a la explosión floral de la primavera y llega a punto
para las menestras cuaresmales de San José. Hay otro cultivo
mediterráneo que produce alcachofas en diciembre, pero las de la ribera
navarra suelen llegar en marzo