El MEMBRILLO
El
membrillo es una fruta extraña. Cuando están maduros, sus tonos amarillos
dorados y sus formas irregulares, entre manzana y limón, han atraído a los
pintores, que han plasmado con ellos magistrales naturalezas muertas. Su perfume
delicado parece invitar también a morderlos, buscando una deliciosa pulpa. Sin
embargo, el bocado sería decepcionante porque su carne cruda es granulosa y un
tanto amarga y no produciría ningún placer. Hay que asarlo o cocerlo para que
pierda su acritud y desarrollo todo su potencial aromático.
Aunque es un árbol bastante adaptable y actualmente hay variedades de membrillo,
que malviven en nuestro clima templado, su habitat natural es el Oriente Medio,
en tierras calientes y secas. Los antiguos griegos los conocían como el fruto de
Afrodita, la diosa del amor. Los mejores según ellos eran los cultivados en
Cydonia, una ciudad de la isla de Creta, de donde procede el nombre científico,
'Cydonia oblonga'. Remontando más la historia, hay quién defiende que el
misterioso fruto del Jardín del Edén, que Adán ofreció a Eva, no fue una
manzana, sino un dorado membrillo deliciosamente perfumado. Si se acepta que el
Edén estaba situado en Mesopotamia, hay muchas probabilidades de que crecieran
membrillos y no manzanos en esas latitudes.
Además de sus deliciosos sabores y aromas, el membrillo encierra una cantidad
importante de pectina en sus pielese y pepitas, lo que confiere a las salsas y
mermeladas confeccionadas con ellos, una textura mucilaginosa agradable. Por
esto, cuando se cocinan, no se deben descartar las peladuras y semillas, que se
encierran en un atadijo, durante la cocción y se retiran al final.
Los membrillos acompañan muy bien a los estofados de caza y carnes rojas, pero
probablemente la manera más conocida de prepararlos es en forma de dulce o carne
de membrillo, que en algunas regiónes de España se conoce como codoñate. Son
famosas las tartas rellenas con este dulce y salpicadas de almendras picadas,
especialidad de los mejores restaurantes de Europa y América.